La ansiedad no se puede "zapear" como en la tele

"No puedo vivir por mí misma 
porque me tengo miedo, 
porque soy el motor 
de mi propio mal." 
-Possession, Andrzej Zulawski

Vivir con ansiedad, en ciertas ocasiones, va acompañado de un electroshock de reminiscencias: experiencias ominosas; existencia basada en el estímulo-respuesta de un flashback catalizado por cualquier actividad cotidiana, por más simple que sea, eres arrasada por un Ave María sin rosario. 
La ansiedad no discrimina si eres sacudida en un retozo sexual o si te encuentras cumpliendo la lista del súper, ahí te espera, acechando tras las cortinas para retorcer tu estómago hasta las lágrimas. Va más allá de una obsesión paranoide o un miedo repetitivo. Se convierte en tu sombra, día tras día, un ente que te habita y atraviesa de tajo cada uno de tus polos con un chispazo congelado, el cual provoca de una manera brutalmente suave que las emociones te superen.  Así que no te queda  otra cosa que aguantar la cornada del toro y arrastrarte unas cuadras, vivir así, berreando y vomitando entre los callejones de una ciudad ataviada de bullicio y aglomeraciones, te remite a la Posesión de Zulawski. Crees entonces que hay algo maligno en ti, que ya naciste desdichada. 

"Cuando no estás te imagino como un animal o como una poseída, pero cuando te veo, todo eso desaparece."

Actividades tan comunes como una tarde soleada de comer helado, se convierten en tu apocalipsis de bolsillo. Un fin de semana se trastorna en un cono abatido. La suavidad del helado te sabe a sangre, te asquea y piensas en gusanos. Sudor en las manos. Porque lo dulce de la masa mitad vainilla y chocolate que lames con delicadeza, te sumergió en el verano del 2002, en el que tu madre te dejó de hablar porque "Oswaldo García" te llamó lesbiana y le escupiste en la cara. Y entonces sentir culpa, porque desperdiciaste tu saliva. 
Bueno, a decir verdad, suelo pensar que eso tiene más que de ansiedad, un dejo de eso que llaman culpa católica. Lo curioso es que entre la culpa y la ansiedad revientas y en un intento desesperado pruebas el Yoga, la meditación, correr hasta vomitar, ir al gimnasio, comer compulsivamente, el ayuno, dormir 20 horas, trabajar, renunciar a tu trabajo, la nicotina, el alprazolam, enamorarte, coger, llorar, la vitamina A, D y C, la brujería, taoísmo o el Ging-Seng. No les mentiré, todas esas actividades en algún punto te forjan un complejo de superioridad tan satisfactorio que sientes tener el control(sí,claro). Que has obtenido las perlas del conocimiento. Pero al día siguiente te miras al espejo, ojerosa y angustiada, ese exceso de recuerdos, porque hoy entiendes: La memoria es un beso masoquista. El libro de horrores que abres para noquearte un domingo por la noche. Entendiste que el problema surge cuando sientes tenerlo todo bajo control, pero combates algo que sólo sucede, no hay escapatoria. Te sabes a andar entre asesinos, y el asesino, eres tú, siempre fuiste tú. La ansiedad no se puede "zapear" como en la tele. 

 Es sucumbir ante el aroma del incienso que utilizabas en rituales salvajes, noches de sobredosis que te sumergían en la lisérgia de manos más ansiosas que las tuyas, porque ese aroma, si bien sólo se acerca un poco a esa combinación oriental entre el sándalo y la mirra, se transforma en el síntoma. Es decir, el aroma de ese incienso te hará caer en espiral, en una sublimación de sudoraciones. Si bien, pese a la disforia constante que acarrea tu perfil, marcaste el designio de tu propia destrucción, aunque te hundas en todos los horrores y creas que vivir no es tanto una agonía porque "La oscuridad es más tranquila. La tentación de caer en ella promete consuelo después del sufrimiento."




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