Una tarde en la Santa Veracruz,
Orfeo, toqué tu rostro
pero decidiste abrazarte a los sueños de la muerte
y sólo me quedó recoger secretos diurnos,
Sí, y recordar,
recordar,
recordar
aquel banquito donde con un beso mis ojeras alumbraron tu rostro,
rostro-arena
que se desliza por
un conducto tubular.
Orfeo terrestre, carnero de fuerza desnuda,
labia frenética:
De tu aliento nacieron mis sentidos
y en tu tristeza yo ungía mis dedos.
¿Por qué el miedo?
Orfeo:
Condensate en mi cuerpo y
volvamos donde fuimos cera caliente que decora
libros y falanges,
ahí, donde me dejaste.

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