Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.
Wislawa Szymborska
Hoy soñé cuando conocí a Orestes, creo que así se llama, o tal vez Román o Federico, uno de tantos desconocidos que llamo amigos. Fingimos ser parte de un colectivo de poetas medio popular y nos dejaron embriagarnos gratis en una pizzería de Insurgentes.
Ese día nos robamos un libro de dinosaurios de la pizzería; buscamos
nuestro tótem prehistórico y nos lo dibujamos en nuestra mano de
poder. Dinosaurios orésticos y laurísticos. Decidimos que desde ese día todos los días serían Martes.
Porque el dextro sabe a los cristales que extraen de las minas de Marte.
Todo iba bien, nos subimos al metro, apagué mi celular para que mi madre y mi novio no nos encontraran. En el tren me quité toda la ropa y me
puse el suéter de Orestes que parecía vestido a la Belle Époque.
Nos dormimos.
Sin darnos cuenta habíamos recorrido dos veces la línea del metro. Cuando despertamos estábamos otra vez en Balderas y creímos que había sido un loop. Un fallo eléctrico de nuestra realidad holográfica. Pero sólo estábamos imbéciles de drogados. Ja Ja. Dijimos y corrimos como locos.

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