¿Se pueden ver los gritos desde el espacio? ¿Saborear los susurros bajo
el mar? Las ondas sonoras para propagarse necesitan acceder a la materia: agua,
aire, espuma, cuerpos. Las voces (onda longitudinal) sólo necesitan de un
cerebro con neuronas colmilludas en continuum, para entablar una
plática con Porchia. Antonio siempre vivió en una interminable contienda con el
tintero y el papel en donde traza, palabra y silencio se conjugaron para
crear cada sentencia dotada de una aparente sazón nostálgica.
Porchia forma parte de esos autores cuya valía ha radicado en lo
que dejan fuera, pues así se abre la brecha espacio-tiempo determinada para la
pregunta y autoexploración, toma elementos de su cotidianidad y encierra en
unas pocas palabras un pensamiento profundo de contundencia significativa en
donde nos vemos reflejados en sustancia. Pues en palabras de Luicia Berlin
“de algún modo debe producirse sólo una mínima alteración de la realidad.
Una transformación, no una distorsión, pues del texto mismo deviene la verdad,
no sólo para quien lo escribe, también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos
emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad.”
Esa verdad oculta por ejemplo, en sentirnos solos o entristecidos, sea expresada
en un relato que se desarrolló en marte o en un aforismo.

La voz de Porchia parece recordarnos que escribir como leer es una
suerte de ouroboros aunado al contagio, pues cuando se comienza a escribir no
se termina nunca, es decir, puede que exista en el acto mismo un maleficio de
incertidumbre sobre las verdades de un vocablo; tejidos construidos con nuestra
saliva, lágrimas y ausencias. En el caso de la lectura, cuando creemos haber
terminado de leer, al pasar dos o tres días no podemos más que darnos cuenta
que cada sentido ya no es el mismo al que en un principio se había
develado. Por ejemplo, tomar un aforismo de este italo-argentino y
avergonzarnos de no haber descubierto por nosotros mismos la profundidad que
tres o cuatro palabras tan llanas pueden sacudirte y volverte un mitómano, como
llamaría Cocteau a los lectores que se leen en los textos.
¿Como lectores qué buscamos al seleccionar un texto: Acaso buscamos
verdades, respuestas, preguntas o sentirnos?
Estas voces, como le gustaba denominarlas a Porchia, son un socavón de
asombrosa lucidez, contienen algo más que sincero: preguntas engañosas por
cotidianas, traicioneras, pues al mismo tiempo nos revelan una digresión al más
recóndito de nosotros mismos. Bien se ha dicho que es hasta nuestro encuentro
con el otro el momento en el cual al fin nos conocemos. Podemos ver nuestro
rostro en un espejo, pero nunca las entrañas, hasta desdoblarnos y claro, es un
proceso disfórico, duele.
Es tal vez nuestra naturaleza de animal herido lo que nos acerca tanto a
la lectura, en este caso a Porchia, quien condensa en unos cuantos aforismos el
sentir no sólo de un hombre solitario, sino la materialización de todos
nuestros miedos, angustias, sueños o esperanzas. Un yo universal que tanto
busca la poesía. Pues diría Pizarnik “¿y quién no tiene un amor? ¿Y quién no
goza entre amapolas?”. Es en el palpitar acelerado de nuestras cicatrices,
al sentirse atravesadas por las heridas que el otro deja como rastro en su
creación, que nuestras ausencias son abrazadas por lo que no se dice. Creemos
estar gozando el contagio pero no es más que nuestro propio daño, nuestro
principio humano encarándose en las ausencias de Porchia con su propia
enfermedad. Nos buscamos a nosotros y por tanto, nos sentimos acompañados por
esas voces de la pluma de Antonio, quien supo muy bien ser todos y ninguno en
una serie de sintagmas. Pues como escribió Isolina Ballesteros “la escritura autobiográfica, traduce la necesidad de
expresar la interioridad, la vivencia subjetiva de descubrirse, reafirmarse en
su posición ante el mundo y ordenar la propia vida a través de la escritura”.
*La presente disertación fue un conjunto de acciones relacionadas con la presentación de la reedición de "VOCES" de Antonio Porchia, realizada por NIÑO DOWN EDITORIAL en la cafetería UTA, en Julio del 2019
Por último, dejo aquí algunas de mis "voces" favoritas de este fantástico italo-argentino:
Cuando todo está hecho, las mañanas son tristes.
***
Sin esa tonta vanidad que es el mostrarnos
y que es de todos y de todo, no veríamos nada y no
existiría nada.
***
Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.
***
Tu crees que me matas. Yo creo que te suicidas.
***
Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo.
***
Ahora tengo miedo de entrar en las cosas;
miedo de hallarlas todas justas
***
En el último instante, toda mi vida durará un instante.
Cuando yo muera, no me veré morir, por primera vez.
***
Mis cosas totalmente perdidas son aquellas que,
al perderlas yo, no las encuentran otros.
***
Todos pueden matarme, pero no todos pueden herirme.
***
Cuando no me hago daño, temo hacer daño.
***
Eres cuanto te necesitan, no cuanto eres.
***
Sí, me apartaré. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti.
***
Estás triste, porque te abandonan y no estás caído.
***
Si me olvidase de lo que no he sido, me olvidaría de mí.
***
Todo juguete tiene derecho a romperse
*El presente texto fue ecrito como prólogo del libro "VOCES" de Antonio Porchia en la reedición impresa por Niño Down Editorial.
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