"No podía, no debía huir; la tentación de la impureza
se me revelaba en su forma más baja, y yo la merecía".
Inés Arredondo, “La sombra”
Quizá esto sea sólo un rítmico intento por balbucear algunas palabras sobre Lucia, pero tenía un impulso por escribir un poco sobre ella. Tras leer Manual para mujeres de la limpieza, existió en mí, sí, un momento de espasmo. No pude evitar verme al espejo, recordar a todas mi amigas, el sabor arenoso de despertar desmañada y concibiédome como un problema. Eso lo he vivido durante mucho tiempo, tanto por mi forma de beber, como por mis problemas emocionales. Los sube y bajas de las adicciones y los carruseles auspiciados por la soledad; el constante delirio al volver a casa cada domingo por la noche con la “recriminación” del mundo que sentía a cuestas, sentir que eres la carga para la existencia de los otros y todo lo que significa la vergüenza de ver juntas las palabras "mujer" y "alcohólica".
Si bien, con el tiempo fui asimilando lo que representaba vivir cada día intentando ser funcional mientras me negaba como adicta. Por ello para mi fue un hallazgo especial leer a una escritora abordar el tema, ya no desde la jovialidad “iconoclasta” de las mujeres Beat, o como el enemigo en la poesía de escritoras como Anne Sexton. Sino a una narradora que expresa el alcoholismo desde lo cotidiano, no como una derrota ni como un triunfo, sino como algo que pasa. Textos arrancados desde la intimidad por la cual la mujer también lo vive, sin deberle ni pedirle nada a autores como Bukowski o Miller. Sin alardes o pretensiones. Es la representación de lo terrible y cotidiano que puede ser un trago y ese paso transgresor de un cocktail de media tarde a esconder un vodka dentro de un pavo en el congelador, como se dice que lo hizo la Baronesa Karen Blixen.
La virtuosa trampa titulada Manual para mujeres de la limpieza se constituye de relatos tanto breves como largos, éstos técnicamente bien construidos, en los cuales se nota una profunda reflexión del quehacer literario. Además, están constituidos por anécdotas cautivadoras de una aparente sencillez que engancha desde las primeras líneas, no en valde ella misma hace alución a Anton Chéjov, de quien encunetras su influencia en sus relatos breves.
¿Pero quién es Lucia Berlin?
Lucía Brown Berlin nace en Alaska el 12 de noviembre de 1936 y muere en Los Angeles en 2004. Su padre fue un ingeniero dedicado a las minas, quien por su oficio se trasladó con su familia a los pueblos mineros de Kentucky, Idaho y Montana. En 1941, debido a la Segunda Guerra Mundial, el padre deberá sumarse a las filas norteamericanas, por lo tanto Lucia, su madre y hermana vuelven a El paso, Texas a vivir con su abuelo, cuyo oficio era el de dentista. A consecuencia de estos sucesos Lucia se vio envuelta en una larga serie de viajes y mudanzas. Entre los destinos de la familia Brown destacaron: Santiago de Chile, México y Nueva York.
Los viajes durante la infancia y juventud generaron en ella un espíritu guiado por el nomadismo, la versatilidad y un sentimiento esporádico de desarraigo: cualidades que caracterizan sus relatos. En algunas entrevistas póstumas uno de sus hijos describe su niñez como itinerante, los Berlin se mudaban y cambiaban de colegio cada nueve meses. Otro testimonio lo proporciona una carta a Stephen Emerson en la que Berlin escribe: “El Área de la Bahía, Nueva York y Ciudad de México [eran] los únicos lugares donde no sentí que fuera otra. Acabo de volver de la compra y todo el mundo repetía: que tenga un buen día, y miraban mi tanque sonriendo como si fuera un caniche o un niño”.
Hablar de la obra de Berlin es también hablar de su vida, pues en cada una de las narraciones en Manual para mujeres de la limpieza es notoria la influencia de sus experiencias cotidianas, las cuales parecen surgir de la marginalidad y el matiz disfuncional de su núcleo familiar. La obra está bajo la batuta de narradoras con experiencias similares a las de Lucia: han vivido el abandono, abusos, tienen vicios, entran y salen de empleos a veces mal remunerados; narradoras con cuatro hijos, tres divorcios, un sin fin de mudanzas, un padre ausente y rencoroso o una madre alcohólica y suicida. Se despliegan ante el lector una gran diversidad de mujeres que son y no una condensación de Lucia en cada palabra, reacción y espacio.
La obra de esta autora se puede adscribir a una vertiente literaria denominada por diversos autores como “ficción autobiográfica” o “autoficción”, pues los límites entre la biografía de Berlin y cada uno de los 43 relatos incluidos en la antología se desdibujan, amalgamándose con los matices de la ficcionalidad, es decir, nos hace creer que en los relatos nos encontramos con ella o con una misma mujer que entreteje sus historias desde distintas perspectivas. Somos sus ojos a través de la evocación de su memoria. Y podría ser posible, pues la comunicación entre un texto y el receptor no es más que “una charla suspendida en el tiempo”.
Berlin manipuló sus recuerdos y buscó otorgarles un sentido acorde a lo que deseaba transmitir al lector, pero con una conciencia muy clara de querer construir una ficción bajo una inclinación estética. Para ejemplificar tenemos esta cita que Lydia Davis inculyó en el prólogo de la antología:
De algún modo debe producirse una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene la verdad, no sólo para quien lo escribe, también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad.
Quizás por eso un público tan diverso quedó cautivado de las mujeres de Berlin, pues en esencia son la misma, provocan un gusto de familiaridad y un lazo de confianza con el lector tras mostrar un conjunto de obviedades profundamente humanas.
Gracias a su ojo sagás y al ágil ritmo, la autora logra desnudar la cotidianidad e ilumina todo aquello que a veces creemos no vale la pena ser contado, como en el relato “Luto” donde se nos presenta un personaje femenino dedicado a la limpieza de casas con una racha de lutos consecutivos, el relato comienza de la siguiente forma: “Me encantan las casas, todas las cosas que me cuentan, así que esa es una razón de que no me importe trabajar como mujer de la limpieza. Se parece mucho a leer un libro”. Las personajas de Berlin tienen gran similitud con las “mujeres malas” de Angela Carter, quien describe en el prólogo del libro Mujeres malas, niñas perversas, que ciertas mujeres han sido denominadas malas en la historia sólo por ser reales. Es decir, figuras femeninas expuestas sin idealizaciones de algún tipo.
Berlin, con sutil sentido del humor y una armonía entre lo cursi y lo brutalmente crudo, nos hace voltear hacia nuestro interior al tiempo mismo que miramos al “otro”, en ella nos percatamos de la vida tan dulce, fría y cruel a la cual nos enfrentamos día con día. La valía en los relatos de una mujer que escribe sobre mujeres que sufren radica en esa habilidad de mostrar “una verdad” sin ser autocompasiva. Retrata mujeres que trabajan y demuestran que la única forma de sobrevivir es continuar, pese a las adicciones.
Supervivencia, efectivamente, la mayoría de las narradoras de los relatos de la autora se dedican a supervivir, tal es el caso de “Inmanejable”, descripción puntual de una mujer con resaca en plena madrugada a punto de sufrir un delirium tremens: “En la profunda noche oscura del alma las licorerías y bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de vodka estaba vacía”. Como lo harían en la misma época Miller o Bukowski en sus personajes; Berlin representa en este caso a sus personajas en toda la extensión de la palabra, no tiene tapujos en mostrar a la mujer “imperfecta” y sus vicios. A diferencia de los autores masculinos de la época que retrataban su alcoholismo en sus ficciones “autobiográficas”, Lucia construye sus historias desde la introspección, sin idealizaciones, lástima ni egocentrismo. Pues pese a la lucha constante por sobrevivir, estas mujeres no dejan de lado el placer o la diversión; cuidan a sus hijos e intenta rehabilitarse sin sentir pena por sí mismas ya que el sufrimiento también forma parte de su cotidiano.
Asimismo, me parece valioso sobresaltar su obra literaria como subversiva y un gran simiento para integrar la concepción de la mujer y el alcoholismo. Puesto que el paradigma de dicha enfermedad, si bien es complejo, en el caso de las mujeres la carga moral es aun mayor, una mujer que bebe, se le considera una mujer ruin. Y siendo aún más precisa, al escribir sobre este tema, Berlin se confronta al intento tan rehacio de la sociedad y de la institución familiar por ocultar la existencia del alcoholismo femenino, el cual también es un problema en las vidas de las mujeres. Por lo cual, considero que su obra llega también a ser un puente de entendimiento para con dichos temas tabú al momento de hablar de feminediad.
Es necesario también recalcar la importancia de textos como los de Berlin para la historia de la literatura femenina, pues diversas autoras dedicadas a los estudios de género proponen que la literatura de “autoficción” ha sido la catapulta para la subversión y transgresión de las escritoras. Isolina Ballesteros, en Escritura femenina y discurso autobiográfico en la nueva novela española, señala: “la escritura autobiográfica en primera persona traduce la necesidad de expresar la interioridad, la vivencia subjetiva de descubrirse, reafirmarse en su posición ante el mundo y ordenar la propia vida a través de la escritura”. El recurso de la escritura autobiográfica en las letras femeninas no es nada nuevo, incluso podríamos aventurarnos a mencionar como una de las primeras referentes a Christine de Pizán, pues en la obra La ciudad de las damas(1405) se logra ver retratada parte de su vida cotidiana dentro de la corte. Otro exponente de igual importancia es Virginia Woolf, quién insistió en la necesidad de tener una habitación propia.
Años después, es en el continente americano donde surge un fenómeno de escritoras del cual la crítica ha tardado en relacionar tanto geográficamente, como en estilo y temáticas. Entre ellas se encuentra Berlin, pues considero a su obra literaria capaz de equipararse con la de Sylvia Plath, Inés Arredondo, Clarice Lispector, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik o Carson McCuller. Estas escritoras americanas lograron captar el interés de los lectores y la crítica “seria” en las letras femeninas de los siglos XX y XXI. Pues quitaron el velo prejuicioso de sumergirse en unas letras intimistas que elevan con palabras sutiles lo cotidiano de sus vidas y la marginalidad americana retratada a partir de sus ojos.
La valía del éxito de obras como la de Lucia Berlin, o de las autoras mencionadas con anterioridad, radica en la huella tan grande que dejan en el mundo editorial, pues es gracias a este espléndido trabajo que diversas editoriales de habla hispana comenzaron a tener interés por buscar más voces femeninas olvidadas. Sin más, me gustaría cerrar agradeciendo el arduo trabajo de escritoras como Lucia Berlin, Anne Sexton, Unica Zürn y Karen Blixen, por enseñarme que las mujeres escritoras somos más que nuestras neurodivergencias, nuestras adicciones y que merecemos ocupar espacios, apropiarnos del oficio y ser amadas sin prejuicios.

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