Chinatown, Roman Polánski
Edificio de Independencia número 19.
Desde la primera vez que entré a ese buffet barato de comida china, supe que sería uno de mis lugares favoritos de la ciudad. Parece un buffet precario cualquiera, las decoraciones cursis propias de toda comida china y una tarima que siempre me ha inquietado saber qué demonios hace ahí estorbando. En lo personal siempre he querido que me toque esa mesa, como esperando que me otorgue un dejo de importancia dentro de ese nido de calor y bullicio. No hablo del restaurante que es ahora, lleno de familias y de dos pisos, sino de ese otro, el que en ese entonces sólo era un gran salón lleno de textiles con aroma a comida, un baño enorme y mesas con la distancia suficiente para no darle un codazo al de a lado, pero sí alcanzar el chisme.
Era como un sueño sucio, de creerme estar viviendo algo, esa sensación me atrapó tras un momento de impacto al llegar como extraviados a un restaurante, donde lo único que había eran policías dormidos, otros comiendo y cervezas escondidas por de bajo del mantel. Un extraño silencio sonoro, sí, como de hospital, en el que sólo se percibe una suerte de cuchicheo indescifrable y el ruido del acondicionado. Recuerdo bien que cuando nos sentamos en la mesa, entraron 6 prostitutas trans con la fiesta a cuestas, saludando a todos y albureando policías. Entonces me vi inmersa en el espacio, no sólo un comensal, sino una pieza de rompecabezas en un cuadro costumbrista lleno de colores verde y carmín: entre dealers sin camisa, pedigüeños mancos, pacos y trans de la colonia centro; decorados con garzas y pequeños pandas a la Ukiyo-e comiendo su bambú. Experiencias que sientes sacadas de la manga aparentemente incoherentes, esas que negamos aceptar como parte de nuestro cotidiano en una ciudad metamorfa, todos encerrados en un viejo edificio mugriento, comiendo y escuchando las carcajadas, miradas lascivas. Entonces todos eramos ya "cuates" del barrio, conocidos: pues durante la tarde, una vez cada quince días, me convertía en la güera de lentes con su Chacho Gaytan de ojo verde. Clientes frecuentes en un buffet que en realidad llevaba poco de abrir de nuevo.
No olvido la exaltación, después de unas cuantas cervezas, la mirada alborotada de mi acompañante que al instante me miró y dijo "te diste cuenta, de pronto nos encontramos en una de esas escenas de CHINATOWN" Desde ese día así decidimos llamar al restaurante. (Vaya "perspicacia" y "originalidad la nuestra", jaja) El CHINATOWN, donde una tarde, vimos a una pareja que parecían ser fisicoculturistas peleando en una mesa cercana, comenzaron aventándose comida para que al final la mujer terminara por golpear a su marido con una botella de negra modelo en el ojo. Otros comensales se pararon a separarlos y mientras tanto, una familia miraba horrorizada cuando el resto, como si nada, siguieron comiendo.
Jamás pude imaginar el grado de obsesión que tuve con ese lugar. Tanta decadencia familiar me sacaba esa curiosidad infantil, ante mis ojos ese edificio de arquitectura hermosa, invadido por una tienda de productos orientales, tenía una esencia de mansión embrujada. En algunas ocasiones, aprovechaba que no estaban cuidando y me escabullía a ver el lugar, así descubrí que fue también uno de los edificios de la embajada de la República Popular China. Lo cual me pareció una pasada, una hermosa oficina de la embajada que ahora es un restaurante chino, donde una boxeadora casi le saca un ojo a su esposo por verle el culo a una prostituta.
Recuerdo que en ese entonces el buffet no abría el segundo piso, que era algo más caótico aún de lo que es ahora, pero guarda esa esencia de una mezcla particular de seres extraños que escupe la ciudad. Y no sólo bastó a la causalidad de revelarme que fue un edificio sede de la embajada china, sino que ese preciso lugar, fue la antigua sede del periódico Liberal de México y a su vez, sede oficial del suplemento literario "Revista Azul". La Revista Azul, fue una publicación semanal de talle modernista, fundada en 1894, ni más ni menos que por uno de mis escritores favoritos: Manuel Gutiérrez Nájera; bajo su conocido seudónimo "El Duque de Job". Suplemento que fue el parte aguas de la divulgación y traducción de escritores franceses en México como: Coppée, Gautier, Victor Hugo, Heredia, Baudelaire, Leconte, Verlaine, entre otros.
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| Mural de Diego Rivera‘Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central’ , Detalle de retrato de Manuel G. Nájera |
Me di cuenta que la construcción misma del edificio y su suerte, eran de una particularidad salvaje y amorfa, que pese a las reformas estéticas con tintes estereotípicamente asiáticas, sobreviven vestigios, rasgos de su pasado, perpetuados en una puerta de oficina que conserva la acreditación del edifico como parte de la embajada de China en uno de sus pasillos. Así como una descolorida placa testimonial, de lo que alguna vez fue esa revista modernista. Un espacio agotado en todas sus posibilidades llamado Barrio Chino. Con lo que pudo y lo que fue.




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