”…Comprendió que no existía ninguna forma de eludir al tiempo y,
que le había sido concedido observar cuando niño,
y que nunca había dejado de obsesionarle,
era el momento de su propia muerte.”
La jeteé (Chris Marker, 1962)
Tal vez algún día dejaremos de estar tristes, haremos a un lado la insipiente credulidad para dejarnos caer. Quizás dejaré de incendiarme y despierte sin racimos de migrañas, a lo mejor un día abro mis ojos de ti y descubro la nada expandiéndose frente a lo que no soy. Arrastrada por la muerte de mis amigos imaginarios ahogados en frascos de cristal, como a las crías de rata que vi morir asfixiadas cuando era pequeña. Pero a decir verdad, ya nada de eso parece tener algún sentido cuando al menos tres veces por semana sólo entiendo el idioma de la náusea.
Pues yo no pedí ver la devastación en desplome paseándose en cada calle; desde un McDonald, hasta en las risas de los niños que juegan en el barrio chino, ver el mundo bajo una arrogancia intimista por la cual creo al resto en obligación de compartir mi dolor. Me veo imposibilitada socialmente a sonreír en viernes, por ello he decidido dejarme golpear por la vida, para probar a qué sabe antes del final de todas las cosas y así lograr expresar esos mundos que conviven al mismo tiempo, pero nadie escucha.
Parece que el lenguaje no es una forma más de acariciar al mundo, no obstante, es un transgredir a voluntad mi realidad. Ese ensimismamiento, lo afirmo, que pese a parecer la quebrantadura de mi relación con ese otro, en realidad poesía es un nido que nos vuelve mediante el acto egoísta, un mismo todo por el cual compartimos ese mundo que tanto pronunciamos.
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